Era el año 1997. Hacía pocos meses que yo me desempeñaba en la Justicia, como sumariante de Policía Judicial, y estaba asignado a una Unidad Judicial de un barrio alejado del centro cordobés.
Y por supuesto, como era el nuevo, me tocó cubrir servicios el 24 de Diciembre a la noche.
La Unidad Judicial compartía edificio con la comisaría de la zona, a si que yo me imaginaba que esa iba a ser una noche al estilo “El Bonaerense”.
A las 16,00hs., me hice cargo de la oficina. Durante esa tarde, vi como los comerciantes y empresarios de la zona se acercaron a la comisaría para dejar algún presente para el comisario, quien había dejado expresas directivas de que todo eso quedaba para el personal que debía cubrir servicios.
Así, a las 21,00hs. ya había suficiente bebida fría y comida como para recibir la Navidad; y el lechón que habíamos comprado y que le habíamos pedido al panadero que nos horneara, estaba listo.
La tarde y la noche había estado más que tranquila. La gente estaba en otra cosa, y la Justicia era -al menos ese día- un servicio prescindible.
Tras la cena, y mientras nos preparábamos para el brindis, observé que un auto detenerse frente a la comisaría. De él bajó un hombre de cerca de 65 años, que caminó decidido hacia la puerta de la Unidad Judicial.
Salí a su encuentro y lo recibí en el despacho. Eran las 23,30hs. Ahí el hombre comenzó a decirme que había tenido un accidente de tránsito, y que necesitaba orientación al respecto. Le pregunté si había habido lesionados, y me dijo que no -la cuestión, entonces, no era de la Justicia Penal-. No obstante, le consulté por los daños, y me dijo que el hecho había ocurrido con el auto en el que se conducía, el cual ya había arreglado, porque el choque había sido hacía como dos años.
Presté más atención en el viejo, y ahí me dí cuenta de todo. Él se había preparado todo el día para recibir la Navidad, se había cambiado, se había subido a su Renault 12 impecablemente limpio, y había salido a saludar a sus conocidos, acaso buscando algún lugar donde lo “sorprendieran” las doce campanadas.
Evidentemente, no había logrado instar el convite, y había recalado en el único lugar abierto a esa hora: La Unidad Judicial.
Inmediatamente, le propuse que nos acompañara en el brindis de las doce, y que después con todo gusto lo asesoraría en relación al (supuesto) choque. Tras su tímida y tibia negativa y una enfática insistencia de mi parte, el hombre aceptó; tuvo su lugar en la mesa, amablemente rechazó caranchear el lechón mientras llegaban las doce, y alegremente levantó su copa para festejar el nacimiento de Jesús.
Las horas que siguieron se fueron en anécdotas. Así supimos que el hombre había enviudado hacía poco, y que sus hijos estaban lo suficientemente lejos como para evitar pasar una Nochebuena tristes por el recuerdo de la madre que ya no estaba. Del choque ni se habló.
A las tres de la mañana (dos horas después de que mi turno hubiera finalizado) nos despedimos del hombre, que subió a su Renault 12 y volvió a su vida. Me pregunto si alguna vez le habrá confesado a alguien la “vergüenza” de haber pasado la Nochebuena entre policías y un joven e inexperto tinterillo judicial.
No lo se. Por mi parte, puedo asegurar que fue una de las mejores Nochebuenas de toda mi vida, acaso porque esa noche sentí el verdadero espíritu de esa festividad; que no es otro que agradecer y recordar que siempre hay una humilde puerta que se abre, y que por ese simple hecho, esa puerta es mucho más valiosa que cualquier portal ornamentado en oro .
Para los que creen, los que no, los que piensan que ésta es una noche más, y los que saben que es un día en que el milagro se repite.
Para los que esperan con alegría, para los desengañados y para los que sólo esperan.
También para los que esperan solos.
Para los optimistas, para los que no. Para los escépticos y para los cándidos.
Para los que esperan a Papá Noel, o al Niño Jesús, o al tío Rubén disfrazado. Para los que esperan una mesa obscenamente repleta, o para los que se la rebuscarán hasta última hora para poner una sidra sobre los tablones.
Para ustedes, que están allá.
Para los que están acá, pero da lo mismo.
Para todos … Felíz Navidad