Archivos de la categoría ‘Cuentos’

Experiencia

Septiembre 1, 2009

Un viejo estanciero tenía un lago en su enorme estancia. Después de mucho tiempo sin ir allí, decide irse a echar un vistazo general para ver si estaba todo en orden. Agarro un balde para aprovechar el paseo y traer unas frutas existentes por el camino. Al aproximarse al lago, escucho voces femeninas, animadas, divirtiéndose. Llegando un poco mas cerca, avisto un grupo de mujeres bañándose, completamente desnudas. Se hizo presente y, con eso, todas se fueron a la parte mas honda del lago, manteniendo solamente la cabeza fuera del agua. Una de las mujeres gritó: -No saldremos mientras usted no se aleje! El viejo respondió: -Yo no vengo hasta aquí para verlas nadar o salir desnudas del lago! Levantando el balde y arrojando algunas frutas al lago, les dijo: – Estoy aquí nada más para alimentar al yacaré…. Edad, experiencia y oficio, siempre triunfaran sobre la juventud y el entusiasmo

El Atentado

Febrero 21, 2009

Años antes de que el cielo de Buenos Aires se viera oscurecido por el humo de la Embajada de Israel y de la A.M.I.A.; un grupo de nóveles delincuentes planificó y ejecutó un atentado a uno de los objetivos estratégicos de Barrio Güemes: La Sede Social.

Este edificio, de ladrillos tradicionales revocados, techos de chapa de zinc a un agua y ventanas metálicas enrejadas, ya había sido otrora objeto de actos de vandalismo perpetrados por el grupo en cuestión, aunque más banales. Sus rejas dejaban el resquicio para que los más delgados de la barra pasaran entre ellas, y se hicieran de botellitas de Coca Cola, alfajores y fichas de metegol, éstas últimas las cuales eran nuevamente depositadas como crédito de juego tan pronto abriera el despacho del local.

Un día, un integrante del grupo propuso vulnerar La Sede de una forma más … altruista. Tal vez por un inconfesable rechazo al clima lúdico por demás que allí se veía, o llanamente por romper las pelotas, se gestaba el atentado, ayuno este de cualquier intento de obtener rédito en metálico o especies.

El plan tenía su clave en la coordinación. Mientras el cerebro del grupo ganaba los techos del inmueble, cinco o seis de sus integrantes se encontrarían adentro, simulando ser inocentes espectadores de las partidas de ping pong, dominó, truco, flipper y metegol que allí se disputaban, muchas de ellas Pesos Argentinos de por medio. A su vez, grupos satélite pasaban en bicicleta a intervalos regulares, casi rozando las ventanas que daban a la calle.

Desde los techos, por el tiraje del hogar, bajaría el primer ataque. Una ametralladora de pirotecnia que sería la punta de lanza y aviso para que el grupo del interior soltara más pirotecnia sobre mesas y tableros. A su vez, los comandos en bici arrojarían petardos a las ventanas y puertas, para enfatizar la multidireccionalidad del ataque, y desairar cualquier huída de los que, a esa altura, seguramente serían parroquianos en pánico.

Llegó el día. Los relojes estaban sincronizados, los encendedores cricket listos y la pólvora tensa en cartuchos hechos de papel de diario, esperando su gloriosa deflagración.

Cuando la tensión estaba llegando a su punto máximo, y todos estaban en sus puestos, esperando que se desatara el infierno, de repente … un estruendo, pero no el que daba la señal de inicio, sino otro mucho más aterrador (sobre todo para los que esperábamos otra cosa). El techo de zinc que se desplomaba y el cabecilla del grupo que caía pesadamente sobre la mesa de ping pong, esa que -aún en su condición de objeto inanimado- resultó heroína al salvar al joven de una casi segura cuadriplegia.

Todos nos acercamos al caido. Muchos sin saber todavía qué estaba pasando (o que pudo haber pasado). El accidentado abrió los ojos, y el polvillo de mampostería y asbestos no le impidió advertir que estaba rodeado de miradas entre curiosas, angustiadas y enojadas.

-¡La pelota!. ¡Subí a buscar una pelota!, dijo.

Los rostros se distendieron, y todos supimos que no habría que dar más explicaciones.

Tras ese episodio, nos dedicamos a estudiar para ser farmacéuticos, analistas de sistemas y fiscales; tal vez como forma más indirecta, pero más segura de atentar con la Sede. Esa que todavía está ahi.

¡Eso!

Diciembre 17, 2008

¡Todo el día trabajando como un burro en la fábrica!. Parece que no le importa que haya tenido que aguantarme el calor insoportable, el trabajo de mierda y al pelotudo de mi jefe. Si parece que estuvo todo el día esperando mi llegada, para apenas saludar y decirme que “le gustaría que embolse los escombros de la vereda”. ¡Hija de puta!. Eso es lo que es. ¿Qué mierda le costaba pedirle la gauchada al Tony, si ella sabe bien que con tal de mirarle un rato el culo el otro se presta?.

Y acá me tiene … ¡por lo menos me dejó sacarme el overol y tomarme un vino con soda antes!.

¡Escombros de mierda!. ¡Tendría que mandar todo a la mierda!

¡Eso!. Voy a dejar de hacer el papel de pelotudo. Voy a hacer como hacen los otros de la fábrica. Del taller al bar, o de putas. Calcular la quincena para solventar los vicios, y tirarle 20 mangos por día para los churrascos de los chicos. ¡Eso voy a hacer!

¡Y mierda de darle bola a los caprichitos!. Al final, vamos a San Clemente y piensa en Santa Teresita. Le regalo un perro y quiere un gato. Le doy por el culo y le duele. Le doy por adelante y soy aburrido.

¡Y ahí viene la yegua!. ¿Qué mierda me irá a pedir ahora?. ¿Me está trayendo un vaso de agua?

¡Eso!. Termino de juntar los escombros y esta noche la llevo a comer una pizza (¿o querrá unas empanadas?)

Esopo

Octubre 8, 2008

Érase que se era una vez, un mejillón que vivía al reparo de sus valvas en el Atlántico Sud.

Más quería emular el pez, e imprudentemente se dejaba llevar por las corrientes marinas, renunciando a las callocidades que lo sujetaban a las rocas.

¡No lo hagas!, le espetaban familiares y congéneres. ¿Acaso tu concha y contextura no te inidcan claramente que tu destino es sedentario?

Pero el mejillón nada entendía de mandatos biológicos. Él quería nadar.

Un día de tantos, nuestro protagonista se vio enredado en tempestad de espuma, sal y arena, y golpeóse fuertemente contra las rocas de un acantilado, haciéndose añicos su sueño de libertad, su orgullo y su caparazón.

Casi deshauciado, recordó las palabras de los otros mejillones, y tuvo vergüenza por su obcecada obstinación.

Empero, el frío y los depredadores lo hicieron tragar los jirones de su orgullo, y enarbolar su vergüenza, encaminándose humildemente hacia lo de su hermana, en busca de asilo.

MORALEJA: Si no tenés casa, probá con irte a vivir bien a la concha de tu hermana

Hombre de mundo

Septiembre 21, 2008

Los asistentes al cóctel respondían a rajatabla a las pautas del evento. Tanto la actitud como la vestimenta eran acordes a la hora y el lugar.

El hombre se aseguró de presentarse en el salón sin pasar desapercibido. No lo logró, y eso jugó en su favor (nunca fue muy hábil para las entradas). Champagne en mano, se miró de reojo en uno de los espejos que adornaban las paredes. Confirmó que había sido un acierto la elección de la vestimenta.

Nada más indicativo de sentirse en su elemento, que aceptar el convite de los mozos que se paseaban con bandejas. Por supuesto, declinaba la oferta de caviar, pero el salmón rosado no correría la misma suerte.

Rindió su homenaje al motivo de la reunión. Era la presentación de una obra de arte, o de la artista, o tal vez ambas. O ninguna. Todos sabemos que eso es lo de menos.

Entonces la vio; o mejor dicho, la percibió. Ella pasó a su lado -acaso furtivamente pero con el oculto deseo de ser descubierta- dejando una tenue estela de perfume cítirco. Inadecuado para la hora, pero ciertamente distintivo.

Él la acechó unos minutos, hasta que se dio el encuentro. A las palabras de abordaje, patrimonio de una logia ancestral y hermética, siguieron las presentaciones.

-Giovanna Carla Petella, dijo ella.

Era la oportunidad de brillar.

-Petella. Apellido italiano, dijo él. Habitual en Piedimonte Matese, pero también en Maharastra, India. Aventureros. Por el lugar donde estamos, puedo compararte con una joya, porque Petella participa en un cero coma setenta y siete partes por millón del universo argentino; aunque sería más raro encontrar uno en Alemania, donde la participación baja al cero coma cero cuatro.

Ella lo miró unos instantes sin pestañear. Luego aceptó las palabras de él bajando brevemente la cabeza y mirando su copa, acaso sin comprender del todo qué mierda estaba queriendo decir el tipo. Tras un par de minutos de frases intrascendentes y dos silencios incómodos, ella y su perfume se alejaron bajo pretextos banales.

Seguro de que era hora de irse, él apuró el champagne, mientras pensaba que éste no había sido, después de todo, un gran hallazgo.

MORALEJA: Usen el enlace para buscar “PUTO”, “PAJERO” o “SORETE”. Para el levante no sirve en lo absoluto.

A veces sueño

Julio 25, 2008

“Morir es dormir, y tal vez soñar” decía el Bardo Sajón. Lo malo de ello, es que uno pierde la posibilidad material de contar lo que soñó … por ejemplo anoche.

Llegaste entre la multitud, pero te veías única.

Todos fuimos espectadores de tu luz,

pero por un instante, fui el único testigo de tu presencia.

Viniste diva, enfundada en tu vestido, constelando brillo,

nos miramos, y sonreimos.

Tomé tu mano, y la besé.

Eso resume más cosas que los recuerdos de varias vidas mediocres.

Después te fuiste.

Yo ya sabía, aún antes de saberlo:

brillabas, y había un motivo.
No se vuelve a lo que nunca se deja.

La forma del permanente estar, es lo de menos.

Breve Viaje a Teniente Noguert

Junio 27, 2008

La mañana se presentaba templada. Propicia para la aventura.

La ansiedad del viaje se había cobrado horas de mal dormir, que se pagaban en cuotas de fiaca antes de levantarse. Sin embargo, un potente motor nos impulsaba, alejándonos finalmente de la fuerza gravitacional de la catrera. ¡La aventura!.

Bien precavidos que somos, la noche anterior ya habíamos aprovisionado el DKW de mezcla, y habíamos desempastado sus tres bujías Champion de fabricación guatemalteca. Poco más había para hacer, el olor a baquelita y cuerina no salía del habitáculo ni con los pinos de toda Finlandia.

Cargamos los petates, los curetes y las mallías, y partimos encomendándonos a San Enfrascario, Santo Patrono de los Cortadores de Salame en Diagonal.

El paisaje de mostró llano y vasto luego del aletargado paso por las semaforizadas calles céntricas, y correspondiente chiflido a las nobles trabajadoras de la calle que regresaban con sus bolsillos apenas satisfechos al hogar (en parte, gracias a la rápida aportación que nuestro compañero de viaje Girson realizó, a cambio de una frenética felación que nos tuvo de involuntarios testigos).

El derrotero se resume así:

Km. 7 1/2. A pesar de los -3ºc., súbita y general bajada de ventanillas por espantoso flato de Rufus, el perro de Barilo.

Km. 9. Nueva bajada de ventanilla por patológico pedo de Barilo, el dueño de Rufus. Enérgica reprimenda a ambos.

Km. 12. Avistamiento de campo de maíz. Debate sobre las propiedades de la humita elaborada con choclos afanados.

Km. 12. Detención a la vera de la ruta. Girson y Fede son asignados a la búsqueda de choclos en furtiva incursión a campo aledaño al camino.

Km. 25. Momento “Le Mans”. El DKW alcanza los 77km/h. Se discute si el registro es válido, habida cuenta de la pronunciada pendiente del camino, y el viento a favor. Se decide darlo por bueno y que se vaya todo al carajo.

Km. 31. Ingreso a la Localidad de “Indio Pelotudo”. Parada en comercio local para aprovisionamiento de Fernet (ataque de pánico e ira ante la oferta de la marca “Ramazzotti”), Coca Cola, salame, queso y pan.

Km. 47. Consternación general ante la verificación del olvido de absolutamente todos los elementos de pesca. Relajamiento inmediato ante la comprobación de que a nadie le importa realmente pescar, sensación reafirmada ante la constatación cartográfica de que Teniente Noguert carece por completo de cursos o espejos de agua de cualquier alcanilidad o salor.

Km. 51. Estación de Peaje. Pago del canon. Intento de Girson de escupir la casilla al momento del arranque. Constatación de ventanilla cerrada y pedido de rejilla o ballerina.

Km. 70. Ingreso a Teniente Noguer. Debate sobre a qué mierda fuimos.

11,45hs. Arribo a Camping Municipal. Meada comunitaria en añoso Molle. Encendida de fuego. Apagado ante constatación de la ausencia total de carne para asar.

12,17hs. Desafío de “Patetic Football”. Deporte parecido al fobal, en el cual todos corren desordenada y desaforadamente tras una pelota durante tres minutos, hasta quedar sin aliento, tras lo cual uno solicita ir de arquero, otro se hace el estratégico y “juega parado”, otro vomita y el menos desastrozo hace gala de su limitado repertorio, pero en el fondo le da verguenza vanagloriarse de ello.

15,00hs. Tras frugal almuerzo, el solaz de los paseantes se centra en ver cómo un perro de la zona (cimarrón, medio atigrado) se quiere coger a Rufus. Se les ocurre grabar la escena para subirla a You Tube, pero se percatan que su paupérrimo estado financiero jamás les ha permitido adquirir dispositivo alguno de digitalización de imágen. Es más, han oído hablar de You Tube, como de las ralufas para el cabello, pero en realidad no saben muy bien qué es ninguna d elas dos cosas.

17,30hs. Animados por las bebidas, todos se ponen a discutir sobre los siguientes temas:

1º) ¿Cuándo termina el juego del “Estanciero”?.

2º) ¿Qué es lo mejor del video de Wanda Nara?. ¿Ella o la tremenda pija que se come?.

3º) Cuál es la madre que está más buena.

4º) ¿Realmente Bochini se la come?

5º) Para qué mierda se afanaron las manos de Perón

6º) ¿Algún día Matu nos mostrará las fotos de Nora Dalmasso?

7º) ¿Quién tiene las llaves del auto?

8º) ¿Quién se cogió a la hermana de Catrera (y por qué)?

18,42hs. Tras el espectáculo del atardecer tras unos tinglados, todos nos preguntamos por qué carajos elegimos ir a Teniente Noguert, habiendo tantos lugares menos repugnantes y más cercanos. Seguidamente, subimos al DKW y emprendemos el regreso, escuchando en la radio el Sorteo Vespertino de la Tómbola de Luján, y pasándonos por el culo el cepillo de dientes de Fede, que se quedó dormido; mientras íntimamente nos preguntamos si nuestro amigo no será puto.

Acá les dejo unas fotos del lugar, que estaban en la memoria de un celular que nos encontramos antes de salir rajando.

La Plaza

Abril 2, 2008

2 de abril de 1982. Con mis once años a cuestas, fui esa mañana a la escuela. Allí, las blancas palomitas nos fuimos enterando que un “grupo de valientes defensores de la Patria” habían recuperado el territorio que por historia, derecho y tradición nos correspondía.

Más tarde, ya en casa, recuerdo ver por el Telefunken una plaza llena, y escuchar a mi viejo criticar el espontáneo acto de apoyo del pueblo, apenas tres días después de un paro general. Sin embargo, creo que compartía secretamente el júbilo de tantos, aunque sin el toque de histeria del momento, donde la bandera se confundía con la mascota del Mundial 78.

¿Qué voy a decir del “estamos ganando” y pelotudeces afines?. Recuerdo un miedo muy secreto y muy profundo, y a mi luchando para que por obra y gracia de la telepatía, mi pensamiento recurrente  no pasara a ser una brillante idea estratégica militar. Mi hermano clase 1963, exceptuado al haber sacado el número 177 en el sorteo … ¿podría terminar siendo carne de cañón?. Encima, él nos escribía desde Córdoba, comentando muy entusiasmado el ánimo de la gente ante la guerra, y escribiendo con letras de imprenta mayúsculas “MALVINAS ARGENTINAS”.

Pero un día, Puerto Argentino volvió a ser Port Stanley, las Malvinas Falcklands, y Menendez un asesino a su gusto … en las sombras.  La gente volvió a la plaza … ahora el pueblo -sorete-clase media-Renault 12 quería demostrar el repudio a ese gobierno que tantas veces en los últimos años había vivado … ¡qué país divino!.

La plaza vió casi dos años después a un tipo que desde el balcón del Cabildo nos aseguraba que con la democracia se come, se cura y se educa. Por suerte, aunque no lo explicitó, nos aseguró algo que era la más  grande conquista … con la democracia, nada más y nada menos, se vive.

Esa misma plaza se llenó poco tiempo después, para decirle a Barreiro, Rico y compañía que se dejaran de romper las pelotas. Que ya estábamos grandes para ver cómo unos pelotuditos jugaban juegos jodidos con juguetes peligrosos. Y comimos huevos de Pascua pensando que la casa estaba en orden.

La plaza se llenó varias veces más, pero más que nada para saludar triunfos deportivos en demagógicas recepciones presidenciales, o  para hacer sonar las cacerolas vacías.

Y ultimamente, para contraprestar el choripán y el vino entregado como pago.

Sueño con algún día ver mi plaza llena. No la de la pirámide, la fuente donde con dignidad se refrescaba el aluvión zoológico, las madres de los cojones bien puestos que todavía esperan  y las palomas del orto. Tal vez alguna más pequeña y suburbana, donde empecé a ser quien soy.

Y desde mi sitio, ver entusiasmado entre otros a Tommy, a Gustavo Scofano, a Luis, Fabi, Manu, Chirola, Pulga, el Ruso, Pablito, Tuco, el Indio Loco, Gabo, Toquiño; y también a Gabriela, María Eugenia, María Inés, Silvana, Paola, Marikena, la negra Analía y Mariana.

Creo que recién me animaré a decír que estamos ganando.

Rita

Marzo 23, 2008

Rita tenía cuarenta y pocos años, y una familia.

Tenía los ojos bien celestes, y el cabello castaño enrulado. Se destacaba de la mayoría de las mujeres de mediana edad del barrio, porque en vez del resignado y asexuado aspecto, ella lucía muchas veces jeans o pantalones ajustados que mostraban caderas hospitalarias, y blusas que te hacían creer que tener las tetas de Sofía Loren más que un milagro era un derecho de las napolitanas. Obra de la ingeniería en indumentaria o de la naturaleza, lo cierto es que podía decirse que Rita estaba buena.

Vivía en el tercer piso del mismo edificio que Pablo, y por esas cosas de la cercanía, ambas familias eran amigas. Pizzas en alguno de los departamentos, y charlas de adultos mientras los chicos hacían la suya en los cuartos.

De a poco, los chicos empezaron a integrar la mesa de los grandes. De a poco, Pablo comenzó a sentir la unívoca agitación ante la cercanía de Rita. Lo percibía como un calor en torno a él, que hacía volátil y escaso el aire del ambiente. Con el tiempo, llegaron las erecciones y la necesidad de masturbarse, muchas veces pensando en ella.

No se sabe cuándo empezó Rita a intuir lo que provocaba en Pablo. Tal vez ya lo sabía cuando le pidió a él que la ayudara a aprender a manejar -cosa que nunca sucedió, acaso porque Pablo no dio el paso siguiente-. En perspectiva, puede asegurarse que se dio cuenta cuando entre bromas y risas, ocupó la silla donde estaba sentado Pablo, y allí pudo sentir entre sus muslos las rigideses del calenturiento.

Las semanas pasaron, lo suficiente como para que los astros se alinearan. En la casa de Pablo no había sofisticaciones tales como videocassetera, y muchas veces ver películas era la excusa para reunirse en lo de Rita, sobre todo cuando ella quedaba sola, sea porque al marido le tocaba el turno noche en el negocio familiar,  porque sus hijos se quedaban a dormir en lo de os abuelos … o ambas cosas.

Una noche de estas, Pablo fue al departamento de Rita con su vieja, y ahí, como correspondía a toda persona de clase media que saboreaba los albores de la democracia,  los tres vieron “Vote a Pinti”. El video terminó, y las luces del living se encendieron. Tras unos minutos de charla, la madre de Pablo dijo que ya era hora de irse. Los ojos del pibe mostraron una nueva frustración al instante.

“-Dejalo, Zulma”, le dijo Rita. “-¿Acaso no está de vacaciones?”. Y mirando a Pablo le dijo “-Quedate a ver otra película y después subís, ¿si?”. Pablo no reaccionó decidido, pero poco importaba, porque Zulma se despidió y se fue.

“-Andá poniendo el otro video que yo ya vengo”, dijo Rita mientras desaparecía por el pasillo. Pablo puso un video y empezó a ver los traillers. Cuando éstos terminaron, puso pausa y llamó a Rita.

“-Empezá que yo ya voy”, dijo, y apareció justo cuando la pantalla mostraba las primeras escenas de “Correccional de Mujeres”.

Probablemente, había esperado en vano que Pablo acondicionara la luz del living apagando las luces. Mientras, ella se había recogido el pelo dejando al descubierto un cuello más largo de lo que Pablo se imaginaba. Tenía los ojos divertidos, y una prendita ínfima de tul negro. Las tetas eran tan grandes como él las soñaba, con pezones bien definidos y grandes, apenas más oscuros que su piel.

Rita se sentó al lado de Pablo como si nada, y ambos empezaron a ver la película. Pablo estaba concentrado solamente en respirar sin hacer ruido, y en no mirar para el costado. Cuando Edda Bustamante estaba maniobrando con Tony Vilas de una forma tal que alguien debería dedicarle una canción, Rita se levantó y caminó alejándose de Pablo, meneando el culo. De camino, y sin decir nada, apagó las luces del living, y encendió una luz del pasillo, que conjugada con la de las imágenes del televisor, generaba un ambiente de penumbras justas para ver lo suficiente, pero sin excesos. A Pablo le palpitaba el corazón de una manera que parecía que se le iba a salir del pecho, y estaba tan excitado que sentía pequeños espasmos.

Sin decir nada, Rita giró hacia Pablo, y dejó que este recorriera su figura a contraluz. ¿Cuántas veces había ella hecho esto?. Se sacó la bombacha negra, y caminó hacia el sillón donde estaba él, quien instintivamente se afirmó en el respaldo del sillón de tres cuerpos con diván, y separó un poco las rodillas para poder recibir el peso.

Rita se sentó sobre Pablo, frente a frente. Detectó su erección y pestañeó rápidamente dos o tres veces, mientras entreabría la boca y emitía un tibio y leve sonido. Pablo la tomó de la cintura y la apretó contra él. Rita se meneó un poco, y le ofreció el cuello. Pablo lo besó, mientras estrechaba el abrazo.

Despacio, sin apuro, se sacaron la ropa, y en esa misma posición inicial, volvieron a unirse. A Rita le bastó sólo con dos o tres movimientos para que Pablo estuviera dentro de ella. Él tocaba la piel trémula de esa mujer que deseba tanto, y descubría que era menos firme que en sus sueños, pero más suave. Llenó sus manos de tetas, de labios, de cara, de cintura y de piernas. Le agarró el culo y se acopló a la cadencia. Detectó que la excitación de Rita crecía, y que todos sus miedos y dudas habían desaparecido. No pensaba en acabar, o mejor dicho, en no acabar, porque su mente y su cuerpo estaba monopolizado por el ahora. Notó que mientars más estiraba sus dedos hacia el culo de Rita, más se excitaba ella, que ya luchaba negligente y rezongona por moderar los gemidos. Pablo llegó con sus dedos a la zona del ano de Rita y entró despacio, sintiendo con la yema de su dedo mayor el movimiento de su pija dentro de ella, que comenzó a explotar.

Pablo también acabó. Acabó con la verga, con los brazos, con la médula, con la piel y con la garganta. Sintió una serie interminable de golpes internos, a lo que le siguió un estado de abandono que nunca había sentido.

Se cogieron durante las tres horas siguientes. Casi sin detenerse. Se comieron y se conocieron. Blanquearon que ambos estaban calientes con el otro, pero a la vez descubrieron que esa calentura iba en aumento.

Tuvieron muchos encuentros en los meses siguientes. Recreos ultra secretos de la vida que cada uno llevaba. A cada uno mejor. A cada uno más divertido y menos comprometido.

Un día Pablo se fue, y no vio más a Rita. Una vez se cruzaron en el edificio, pero poco se dijeron. En todo caso, “mandale un saludo a tu mamá” no es una frase de amantes. Supo años después que Rita se había enfermado. Nunca más preguntó con ella. No quiere saber si murió.

Pablo se casó y dice que es felíz. Tuvo otras Ritas, pero nunca más sintió esa intensidad. A veces, cuando se masturba, piensa en ella.

A veces, cuando coge, también.

Pajarito Vigilante

Marzo 22, 2008

Los ochenta pasaron muy rápido … sin dudas.

Sobre todo, si se tiene en cuenta que durante esos diez años, retazos importantes de tiempo se perdieron vaya uno a saber dónde. Adivino que parte quedó en el fondo de algunos vasos, y otras en restos de papel glacé.

Esa noche Federico y sus amigos habían salido. No era ninguna novedad. A fuerza de la nocturna del Joaquín V. González, frecuentar Underground y postergar el cansancio y la ebriedad con merca, finalmente toda la barra había logrado vivir en negativo del mundo. Para ellos el sol era algo que solía asomarse desde el río, y nunca llegaban a proyectar sus sombras menos de tres metros.

Pero esta rutina no era tan fácil como se la podría imaginar -y hasta replicar- hoy. Los boliches cerraban a las cinco, los bares y pizzerías no eran lugares muy hospitalarios para las pupilas sensibles y la paranoia a flor de piel, y la calle llegaba a quedar chica como para pasar desapercibidos.

Pero siempre quedaba la casa de Sergio para terminar la noche. Refugio necesario si lo había, porque ir a casa significaba acostarse sólamente para sentir que uno no podía dejar de rechinar los dientes, de apretar la quijada, de pensar y pensar.

Y siempre era lo mismo. Los padres de Sergio eran lo suficientemente piolas para bancarlos, o lo suficientemente pelotudos para no darse cuenta, o lo suficientemente hipócritas para hacer la vista gorda. En todo caso, era suficinte. Sergio entraba primero, tratando de no hacer ruido. Cerraba la puerta del cuarto de los viejos, y después la plegadiza del pasillo. Ahí entraba el resto, y se instalaba en la cocina.

El departamento era chico, y la cocina le iba en saga, setentosa. Mesada de granito, revestimientos de fórmica y una heladera que cuando su motor paraba, parecía un solo de John Boham. Esa madrugada, mientras Sergio estaba en su cuarto buscando el último rescate, Federico encendió la hornalla de la cocina para calentar agua (el te con whisky era una tradición). Con el magiclik todavía en la mano, vio la silueta de una jaula cubierta por un paño. Al descubrirla, tuvo ante sí a la única mascota que el poco espacio y presupuesto de la familia admitía: un canario.

El bicho estaba durmiendo, equilibrado sobre esa especie de hamaquita donde se pasan la vida. No se qué mierda pretendía Federico, si despertar al pajarito para que los “deleitara” con su florido canto, o pegarle un cagazo de aquellos y reirse con el ¿grito? de la mascota. Lo que se es que entre los finos barrotes el tipo embocó el cañito del magiclick, hasta apoyarlo suavemente en el cuerpito de la alimaña … y aplicó la corriente del pequeño chispero.

Se escuchó el ruido característico, eléctrico y nada más. Literalmente, el canario no dijo ni “pío”. Solo se sucedió el ruido sordo del cuerpo cayendo sobre papel de diario del fondo de la jaula. La cara de Federico mutó en segundos por tantas muecas que parecía un ejercicio de teatro. A la sonrisita canyengue de cotelé y los ojos chispeantes le siguió el asombro, la incredulidad, para luego levantar la vista hacia el resto de los pibes, que tal vez pasaron por el mismo catálogo.

No dudó demasiado. Abrió la puertita de la jaula y tomó el cuerpo inerte. Lo colocó sobre el columpio como para dejarlo en su posición original. Nuevamente el ruido del papel de diario del fondo. Lo intentó de nuevo, con igual resultado … y otra vez … y otra vez … mientras balbuceaba “quedate ahí sentado, pajarito vigilante”.

No se qué tanto de todo esto vio Sergio. Nadie sabe cuánto hacía que estaba parado en la puerta de la cocina cuando repararon en él. La crueldad o el miedo de la adolescencia activó rápidamente un mecanismo para no tener que ver ciertas cosas … empezaron todos a reirse, y con eso, pretendieron espantar cualquier giro trágico que el pelotudo quisiera darle a la situación.

Los padres de Sergio lamentaron la muerte del bicharraco (es increible hasta qué punto alguien puede alguien encariñarse con esas cosas) y me juego que ante los despojos del ave se les debe haber piantado un lagrimón. Nada comparado con los que derramamos los enterados cuando, poco tiempo después, empezamos a contar la historia cagándonos de risa.