Años antes de que el cielo de Buenos Aires se viera oscurecido por el humo de la Embajada de Israel y de la A.M.I.A.; un grupo de nóveles delincuentes planificó y ejecutó un atentado a uno de los objetivos estratégicos de Barrio Güemes: La Sede Social.
Este edificio, de ladrillos tradicionales revocados, techos de chapa de zinc a un agua y ventanas metálicas enrejadas, ya había sido otrora objeto de actos de vandalismo perpetrados por el grupo en cuestión, aunque más banales. Sus rejas dejaban el resquicio para que los más delgados de la barra pasaran entre ellas, y se hicieran de botellitas de Coca Cola, alfajores y fichas de metegol, éstas últimas las cuales eran nuevamente depositadas como crédito de juego tan pronto abriera el despacho del local.
Un día, un integrante del grupo propuso vulnerar La Sede de una forma más … altruista. Tal vez por un inconfesable rechazo al clima lúdico por demás que allí se veía, o llanamente por romper las pelotas, se gestaba el atentado, ayuno este de cualquier intento de obtener rédito en metálico o especies.
El plan tenía su clave en la coordinación. Mientras el cerebro del grupo ganaba los techos del inmueble, cinco o seis de sus integrantes se encontrarían adentro, simulando ser inocentes espectadores de las partidas de ping pong, dominó, truco, flipper y metegol que allí se disputaban, muchas de ellas Pesos Argentinos de por medio. A su vez, grupos satélite pasaban en bicicleta a intervalos regulares, casi rozando las ventanas que daban a la calle.
Desde los techos, por el tiraje del hogar, bajaría el primer ataque. Una ametralladora de pirotecnia que sería la punta de lanza y aviso para que el grupo del interior soltara más pirotecnia sobre mesas y tableros. A su vez, los comandos en bici arrojarían petardos a las ventanas y puertas, para enfatizar la multidireccionalidad del ataque, y desairar cualquier huída de los que, a esa altura, seguramente serían parroquianos en pánico.
Llegó el día. Los relojes estaban sincronizados, los encendedores cricket listos y la pólvora tensa en cartuchos hechos de papel de diario, esperando su gloriosa deflagración.
Cuando la tensión estaba llegando a su punto máximo, y todos estaban en sus puestos, esperando que se desatara el infierno, de repente … un estruendo, pero no el que daba la señal de inicio, sino otro mucho más aterrador (sobre todo para los que esperábamos otra cosa). El techo de zinc que se desplomaba y el cabecilla del grupo que caía pesadamente sobre la mesa de ping pong, esa que -aún en su condición de objeto inanimado- resultó heroína al salvar al joven de una casi segura cuadriplegia.
Todos nos acercamos al caido. Muchos sin saber todavía qué estaba pasando (o que pudo haber pasado). El accidentado abrió los ojos, y el polvillo de mampostería y asbestos no le impidió advertir que estaba rodeado de miradas entre curiosas, angustiadas y enojadas.
-¡La pelota!. ¡Subí a buscar una pelota!, dijo.
Los rostros se distendieron, y todos supimos que no habría que dar más explicaciones.
Tras ese episodio, nos dedicamos a estudiar para ser farmacéuticos, analistas de sistemas y fiscales; tal vez como forma más indirecta, pero más segura de atentar con la Sede. Esa que todavía está ahi.