Hay gente que se las rebusca fenómeno para cagarte el día.
Supongamos que tenemos una buena semana. Un querido amigo está de visita en la ciudad, y anoche compartimos con él un asado y algunas copas (ambas cosas permitidas por la espectacular baja del colesterol y triglicéridos y la aceptable merma de transaminasas que marcó el último análisis de sangre hecho). Para ello, probamos comprar la carne en una nueva carnicería, y resulta un éxito.
Para mejor hoy es un día cuya tarde nos depara una muy buena noticia ansiada durante los últimos veinte años, producto ella del esfuerzo, la dedicación y la tenacidad de alguien de nuestra familia más cercana.
Todo bárbaro, pero hay algunos tipos que detectan estas rachas, y su misión en esta tierra parece ser aportar al balance cósmico, para que no haya picos de felicidad.
Por supuesto, no hablo de la felicidad explicitada impunemente por los miserables, los mediocres y los hinchas de Vélez. Hablo de esa que se saborea en silencio, y siempre bajo el código del “ir a menos”.
En ese marco, repito, a veces nos pasa que nos cruzamos con un pelotudo, que disfruta intentando haciéndonos sentir mal.
En todo caso, hoy fue un buen día para todo, menos para una reunión en el trabajo.
A si que el jefaso en cuestión, en determinado momento de la misma, y después de un par de intervenciones mías que involucraban algunas cositas -con mucha cara de ofendido- me dijo: “después vos y yo vamos a hablar”.
Y yo hice lo que tenía que hacer.
Me fui a comer con un amigo, y no volví a la oficina.
Y si mañana todavía esta persona quiere hablar … por lo menos le di veinticuatro horas para pensar qué me va a decir.
Las mismas veinticuatro horas que yo estoy malgastando en conjeturar decires y retruques.
Un día de mierda.
¿Y mañana?



