Rita tenía cuarenta y pocos años, y una familia.
Tenía los ojos bien celestes, y el cabello castaño enrulado. Se destacaba de la mayoría de las mujeres de mediana edad del barrio, porque en vez del resignado y asexuado aspecto, ella lucía muchas veces jeans o pantalones ajustados que mostraban caderas hospitalarias, y blusas que te hacían creer que tener las tetas de Sofía Loren más que un milagro era un derecho de las napolitanas. Obra de la ingeniería en indumentaria o de la naturaleza, lo cierto es que podía decirse que Rita estaba buena.
Vivía en el tercer piso del mismo edificio que Pablo, y por esas cosas de la cercanía, ambas familias eran amigas. Pizzas en alguno de los departamentos, y charlas de adultos mientras los chicos hacían la suya en los cuartos.
De a poco, los chicos empezaron a integrar la mesa de los grandes. De a poco, Pablo comenzó a sentir la unívoca agitación ante la cercanía de Rita. Lo percibía como un calor en torno a él, que hacía volátil y escaso el aire del ambiente. Con el tiempo, llegaron las erecciones y la necesidad de masturbarse, muchas veces pensando en ella.
No se sabe cuándo empezó Rita a intuir lo que provocaba en Pablo. Tal vez ya lo sabía cuando le pidió a él que la ayudara a aprender a manejar -cosa que nunca sucedió, acaso porque Pablo no dio el paso siguiente-. En perspectiva, puede asegurarse que se dio cuenta cuando entre bromas y risas, ocupó la silla donde estaba sentado Pablo, y allí pudo sentir entre sus muslos las rigideses del calenturiento.
Las semanas pasaron, lo suficiente como para que los astros se alinearan. En la casa de Pablo no había sofisticaciones tales como videocassetera, y muchas veces ver películas era la excusa para reunirse en lo de Rita, sobre todo cuando ella quedaba sola, sea porque al marido le tocaba el turno noche en el negocio familiar, porque sus hijos se quedaban a dormir en lo de os abuelos … o ambas cosas.
Una noche de estas, Pablo fue al departamento de Rita con su vieja, y ahí, como correspondía a toda persona de clase media que saboreaba los albores de la democracia, los tres vieron “Vote a Pinti”. El video terminó, y las luces del living se encendieron. Tras unos minutos de charla, la madre de Pablo dijo que ya era hora de irse. Los ojos del pibe mostraron una nueva frustración al instante.
“-Dejalo, Zulma”, le dijo Rita. “-¿Acaso no está de vacaciones?”. Y mirando a Pablo le dijo “-Quedate a ver otra película y después subís, ¿si?”. Pablo no reaccionó decidido, pero poco importaba, porque Zulma se despidió y se fue.
“-Andá poniendo el otro video que yo ya vengo”, dijo Rita mientras desaparecía por el pasillo. Pablo puso un video y empezó a ver los traillers. Cuando éstos terminaron, puso pausa y llamó a Rita.
“-Empezá que yo ya voy”, dijo, y apareció justo cuando la pantalla mostraba las primeras escenas de “Correccional de Mujeres”.
Probablemente, había esperado en vano que Pablo acondicionara la luz del living apagando las luces. Mientras, ella se había recogido el pelo dejando al descubierto un cuello más largo de lo que Pablo se imaginaba. Tenía los ojos divertidos, y una prendita ínfima de tul negro. Las tetas eran tan grandes como él las soñaba, con pezones bien definidos y grandes, apenas más oscuros que su piel.
Rita se sentó al lado de Pablo como si nada, y ambos empezaron a ver la película. Pablo estaba concentrado solamente en respirar sin hacer ruido, y en no mirar para el costado. Cuando Edda Bustamante estaba maniobrando con Tony Vilas de una forma tal que alguien debería dedicarle una canción, Rita se levantó y caminó alejándose de Pablo, meneando el culo. De camino, y sin decir nada, apagó las luces del living, y encendió una luz del pasillo, que conjugada con la de las imágenes del televisor, generaba un ambiente de penumbras justas para ver lo suficiente, pero sin excesos. A Pablo le palpitaba el corazón de una manera que parecía que se le iba a salir del pecho, y estaba tan excitado que sentía pequeños espasmos.
Sin decir nada, Rita giró hacia Pablo, y dejó que este recorriera su figura a contraluz. ¿Cuántas veces había ella hecho esto?. Se sacó la bombacha negra, y caminó hacia el sillón donde estaba él, quien instintivamente se afirmó en el respaldo del sillón de tres cuerpos con diván, y separó un poco las rodillas para poder recibir el peso.
Rita se sentó sobre Pablo, frente a frente. Detectó su erección y pestañeó rápidamente dos o tres veces, mientras entreabría la boca y emitía un tibio y leve sonido. Pablo la tomó de la cintura y la apretó contra él. Rita se meneó un poco, y le ofreció el cuello. Pablo lo besó, mientras estrechaba el abrazo.
Despacio, sin apuro, se sacaron la ropa, y en esa misma posición inicial, volvieron a unirse. A Rita le bastó sólo con dos o tres movimientos para que Pablo estuviera dentro de ella. Él tocaba la piel trémula de esa mujer que deseba tanto, y descubría que era menos firme que en sus sueños, pero más suave. Llenó sus manos de tetas, de labios, de cara, de cintura y de piernas. Le agarró el culo y se acopló a la cadencia. Detectó que la excitación de Rita crecía, y que todos sus miedos y dudas habían desaparecido. No pensaba en acabar, o mejor dicho, en no acabar, porque su mente y su cuerpo estaba monopolizado por el ahora. Notó que mientars más estiraba sus dedos hacia el culo de Rita, más se excitaba ella, que ya luchaba negligente y rezongona por moderar los gemidos. Pablo llegó con sus dedos a la zona del ano de Rita y entró despacio, sintiendo con la yema de su dedo mayor el movimiento de su pija dentro de ella, que comenzó a explotar.
Pablo también acabó. Acabó con la verga, con los brazos, con la médula, con la piel y con la garganta. Sintió una serie interminable de golpes internos, a lo que le siguió un estado de abandono que nunca había sentido.
Se cogieron durante las tres horas siguientes. Casi sin detenerse. Se comieron y se conocieron. Blanquearon que ambos estaban calientes con el otro, pero a la vez descubrieron que esa calentura iba en aumento.
Tuvieron muchos encuentros en los meses siguientes. Recreos ultra secretos de la vida que cada uno llevaba. A cada uno mejor. A cada uno más divertido y menos comprometido.
Un día Pablo se fue, y no vio más a Rita. Una vez se cruzaron en el edificio, pero poco se dijeron. En todo caso, “mandale un saludo a tu mamá” no es una frase de amantes. Supo años después que Rita se había enfermado. Nunca más preguntó con ella. No quiere saber si murió.
Pablo se casó y dice que es felíz. Tuvo otras Ritas, pero nunca más sintió esa intensidad. A veces, cuando se masturba, piensa en ella.
A veces, cuando coge, también.