Archivo de Marzo 2008

Rita

Marzo 23, 2008

Rita tenía cuarenta y pocos años, y una familia.

Tenía los ojos bien celestes, y el cabello castaño enrulado. Se destacaba de la mayoría de las mujeres de mediana edad del barrio, porque en vez del resignado y asexuado aspecto, ella lucía muchas veces jeans o pantalones ajustados que mostraban caderas hospitalarias, y blusas que te hacían creer que tener las tetas de Sofía Loren más que un milagro era un derecho de las napolitanas. Obra de la ingeniería en indumentaria o de la naturaleza, lo cierto es que podía decirse que Rita estaba buena.

Vivía en el tercer piso del mismo edificio que Pablo, y por esas cosas de la cercanía, ambas familias eran amigas. Pizzas en alguno de los departamentos, y charlas de adultos mientras los chicos hacían la suya en los cuartos.

De a poco, los chicos empezaron a integrar la mesa de los grandes. De a poco, Pablo comenzó a sentir la unívoca agitación ante la cercanía de Rita. Lo percibía como un calor en torno a él, que hacía volátil y escaso el aire del ambiente. Con el tiempo, llegaron las erecciones y la necesidad de masturbarse, muchas veces pensando en ella.

No se sabe cuándo empezó Rita a intuir lo que provocaba en Pablo. Tal vez ya lo sabía cuando le pidió a él que la ayudara a aprender a manejar -cosa que nunca sucedió, acaso porque Pablo no dio el paso siguiente-. En perspectiva, puede asegurarse que se dio cuenta cuando entre bromas y risas, ocupó la silla donde estaba sentado Pablo, y allí pudo sentir entre sus muslos las rigideses del calenturiento.

Las semanas pasaron, lo suficiente como para que los astros se alinearan. En la casa de Pablo no había sofisticaciones tales como videocassetera, y muchas veces ver películas era la excusa para reunirse en lo de Rita, sobre todo cuando ella quedaba sola, sea porque al marido le tocaba el turno noche en el negocio familiar,  porque sus hijos se quedaban a dormir en lo de os abuelos … o ambas cosas.

Una noche de estas, Pablo fue al departamento de Rita con su vieja, y ahí, como correspondía a toda persona de clase media que saboreaba los albores de la democracia,  los tres vieron “Vote a Pinti”. El video terminó, y las luces del living se encendieron. Tras unos minutos de charla, la madre de Pablo dijo que ya era hora de irse. Los ojos del pibe mostraron una nueva frustración al instante.

“-Dejalo, Zulma”, le dijo Rita. “-¿Acaso no está de vacaciones?”. Y mirando a Pablo le dijo “-Quedate a ver otra película y después subís, ¿si?”. Pablo no reaccionó decidido, pero poco importaba, porque Zulma se despidió y se fue.

“-Andá poniendo el otro video que yo ya vengo”, dijo Rita mientras desaparecía por el pasillo. Pablo puso un video y empezó a ver los traillers. Cuando éstos terminaron, puso pausa y llamó a Rita.

“-Empezá que yo ya voy”, dijo, y apareció justo cuando la pantalla mostraba las primeras escenas de “Correccional de Mujeres”.

Probablemente, había esperado en vano que Pablo acondicionara la luz del living apagando las luces. Mientras, ella se había recogido el pelo dejando al descubierto un cuello más largo de lo que Pablo se imaginaba. Tenía los ojos divertidos, y una prendita ínfima de tul negro. Las tetas eran tan grandes como él las soñaba, con pezones bien definidos y grandes, apenas más oscuros que su piel.

Rita se sentó al lado de Pablo como si nada, y ambos empezaron a ver la película. Pablo estaba concentrado solamente en respirar sin hacer ruido, y en no mirar para el costado. Cuando Edda Bustamante estaba maniobrando con Tony Vilas de una forma tal que alguien debería dedicarle una canción, Rita se levantó y caminó alejándose de Pablo, meneando el culo. De camino, y sin decir nada, apagó las luces del living, y encendió una luz del pasillo, que conjugada con la de las imágenes del televisor, generaba un ambiente de penumbras justas para ver lo suficiente, pero sin excesos. A Pablo le palpitaba el corazón de una manera que parecía que se le iba a salir del pecho, y estaba tan excitado que sentía pequeños espasmos.

Sin decir nada, Rita giró hacia Pablo, y dejó que este recorriera su figura a contraluz. ¿Cuántas veces había ella hecho esto?. Se sacó la bombacha negra, y caminó hacia el sillón donde estaba él, quien instintivamente se afirmó en el respaldo del sillón de tres cuerpos con diván, y separó un poco las rodillas para poder recibir el peso.

Rita se sentó sobre Pablo, frente a frente. Detectó su erección y pestañeó rápidamente dos o tres veces, mientras entreabría la boca y emitía un tibio y leve sonido. Pablo la tomó de la cintura y la apretó contra él. Rita se meneó un poco, y le ofreció el cuello. Pablo lo besó, mientras estrechaba el abrazo.

Despacio, sin apuro, se sacaron la ropa, y en esa misma posición inicial, volvieron a unirse. A Rita le bastó sólo con dos o tres movimientos para que Pablo estuviera dentro de ella. Él tocaba la piel trémula de esa mujer que deseba tanto, y descubría que era menos firme que en sus sueños, pero más suave. Llenó sus manos de tetas, de labios, de cara, de cintura y de piernas. Le agarró el culo y se acopló a la cadencia. Detectó que la excitación de Rita crecía, y que todos sus miedos y dudas habían desaparecido. No pensaba en acabar, o mejor dicho, en no acabar, porque su mente y su cuerpo estaba monopolizado por el ahora. Notó que mientars más estiraba sus dedos hacia el culo de Rita, más se excitaba ella, que ya luchaba negligente y rezongona por moderar los gemidos. Pablo llegó con sus dedos a la zona del ano de Rita y entró despacio, sintiendo con la yema de su dedo mayor el movimiento de su pija dentro de ella, que comenzó a explotar.

Pablo también acabó. Acabó con la verga, con los brazos, con la médula, con la piel y con la garganta. Sintió una serie interminable de golpes internos, a lo que le siguió un estado de abandono que nunca había sentido.

Se cogieron durante las tres horas siguientes. Casi sin detenerse. Se comieron y se conocieron. Blanquearon que ambos estaban calientes con el otro, pero a la vez descubrieron que esa calentura iba en aumento.

Tuvieron muchos encuentros en los meses siguientes. Recreos ultra secretos de la vida que cada uno llevaba. A cada uno mejor. A cada uno más divertido y menos comprometido.

Un día Pablo se fue, y no vio más a Rita. Una vez se cruzaron en el edificio, pero poco se dijeron. En todo caso, “mandale un saludo a tu mamá” no es una frase de amantes. Supo años después que Rita se había enfermado. Nunca más preguntó con ella. No quiere saber si murió.

Pablo se casó y dice que es felíz. Tuvo otras Ritas, pero nunca más sintió esa intensidad. A veces, cuando se masturba, piensa en ella.

A veces, cuando coge, también.

Pajarito Vigilante

Marzo 22, 2008

Los ochenta pasaron muy rápido … sin dudas.

Sobre todo, si se tiene en cuenta que durante esos diez años, retazos importantes de tiempo se perdieron vaya uno a saber dónde. Adivino que parte quedó en el fondo de algunos vasos, y otras en restos de papel glacé.

Esa noche Federico y sus amigos habían salido. No era ninguna novedad. A fuerza de la nocturna del Joaquín V. González, frecuentar Underground y postergar el cansancio y la ebriedad con merca, finalmente toda la barra había logrado vivir en negativo del mundo. Para ellos el sol era algo que solía asomarse desde el río, y nunca llegaban a proyectar sus sombras menos de tres metros.

Pero esta rutina no era tan fácil como se la podría imaginar -y hasta replicar- hoy. Los boliches cerraban a las cinco, los bares y pizzerías no eran lugares muy hospitalarios para las pupilas sensibles y la paranoia a flor de piel, y la calle llegaba a quedar chica como para pasar desapercibidos.

Pero siempre quedaba la casa de Sergio para terminar la noche. Refugio necesario si lo había, porque ir a casa significaba acostarse sólamente para sentir que uno no podía dejar de rechinar los dientes, de apretar la quijada, de pensar y pensar.

Y siempre era lo mismo. Los padres de Sergio eran lo suficientemente piolas para bancarlos, o lo suficientemente pelotudos para no darse cuenta, o lo suficientemente hipócritas para hacer la vista gorda. En todo caso, era suficinte. Sergio entraba primero, tratando de no hacer ruido. Cerraba la puerta del cuarto de los viejos, y después la plegadiza del pasillo. Ahí entraba el resto, y se instalaba en la cocina.

El departamento era chico, y la cocina le iba en saga, setentosa. Mesada de granito, revestimientos de fórmica y una heladera que cuando su motor paraba, parecía un solo de John Boham. Esa madrugada, mientras Sergio estaba en su cuarto buscando el último rescate, Federico encendió la hornalla de la cocina para calentar agua (el te con whisky era una tradición). Con el magiclik todavía en la mano, vio la silueta de una jaula cubierta por un paño. Al descubrirla, tuvo ante sí a la única mascota que el poco espacio y presupuesto de la familia admitía: un canario.

El bicho estaba durmiendo, equilibrado sobre esa especie de hamaquita donde se pasan la vida. No se qué mierda pretendía Federico, si despertar al pajarito para que los “deleitara” con su florido canto, o pegarle un cagazo de aquellos y reirse con el ¿grito? de la mascota. Lo que se es que entre los finos barrotes el tipo embocó el cañito del magiclick, hasta apoyarlo suavemente en el cuerpito de la alimaña … y aplicó la corriente del pequeño chispero.

Se escuchó el ruido característico, eléctrico y nada más. Literalmente, el canario no dijo ni “pío”. Solo se sucedió el ruido sordo del cuerpo cayendo sobre papel de diario del fondo de la jaula. La cara de Federico mutó en segundos por tantas muecas que parecía un ejercicio de teatro. A la sonrisita canyengue de cotelé y los ojos chispeantes le siguió el asombro, la incredulidad, para luego levantar la vista hacia el resto de los pibes, que tal vez pasaron por el mismo catálogo.

No dudó demasiado. Abrió la puertita de la jaula y tomó el cuerpo inerte. Lo colocó sobre el columpio como para dejarlo en su posición original. Nuevamente el ruido del papel de diario del fondo. Lo intentó de nuevo, con igual resultado … y otra vez … y otra vez … mientras balbuceaba “quedate ahí sentado, pajarito vigilante”.

No se qué tanto de todo esto vio Sergio. Nadie sabe cuánto hacía que estaba parado en la puerta de la cocina cuando repararon en él. La crueldad o el miedo de la adolescencia activó rápidamente un mecanismo para no tener que ver ciertas cosas … empezaron todos a reirse, y con eso, pretendieron espantar cualquier giro trágico que el pelotudo quisiera darle a la situación.

Los padres de Sergio lamentaron la muerte del bicharraco (es increible hasta qué punto alguien puede alguien encariñarse con esas cosas) y me juego que ante los despojos del ave se les debe haber piantado un lagrimón. Nada comparado con los que derramamos los enterados cuando, poco tiempo después, empezamos a contar la historia cagándonos de risa.

Serrat del orto

Marzo 19, 2008

Nos costó mucho tenerlo. Medicina y psicoterapia.

Llegó hace cuatro años, y nos cambió el mundo.

Entretanto, escucharlo a Vicentico o a Serrat era un voucher para lágrimas.

El tipo está creciendo, a su modo. No le importa demasiado qué sueño yo para él. Tiene sus propios sueños, y me lo demuestra.  Como cuando un quince de diciembre, se enojó con la madre cuando ella estaba por ponerle pañales. “Ahora soy grande”, dijo, y no los usó más. Si … se meó encima varias veces, pero ese no es el tema.

O ayer, cuando mientras yo estaba revolcándome en mi propia lástima, lo vi desde la ventana, andando en una bicicleta prestada, sin rueditas.

Al menos hoy me ocupé de sacarle las rueditas a la de él.

Viví tus sueños, hijo. Arriesgate. Nadá en lo hondo, andá sin rueditas. Golpeate, experimentá y cagate de la risa. llorá con ganas por lo que se te ocurra hacerlo. Enamorate, desenamorate y volvé a enamorarte.  Como padre, espero estar atento, para hacerte la segunda.

Mi mayor miedo a la paternidad -ahora lo se- consistía en no creerme capaz de ser tan buen padre como mi viejo. No se si lo seré, pero aca estoy.

Viejo, nunca conociste a tu nieto. A pesar de eso, no puedo decir que hayas dejado cuentas pendientes al morir. Me acuerdo de nuestro último domingo, hace casi ocho años, tomándonos esas copas que no necesitaban ocasiones especiales. Nuestras carreras hasta Río Ceballos, vos en tu Gol rojo y atrevido, y yo en el mío gris y leguleyo. Y después te fuiste. A la mierda el cáncer, la quimioterapia y el parloteo al pedo de los médicos. Cuando peligró tu dignidad, te tomaste doce horitas para arreglar el asunto, te fuiste en paz; y nos dejaste a todos con pena, pero sin temas pendientes.

Te moriste un viernes, y el sábado a la mañana con tu hijo mayor dispusimos de tus cosas cotidianas. Uno limpiaba, el otro lloraba. Y así nos turnábamos. Ahí encontré la carta que te había dado tres meses antes, donde te decía cosas como “te quiero con toda el alma” y “sos mi mejor amigo”. Estaba en tu mesa de luz, bien a mano. Esa carta hoy está oculta en un lugar que desconozco, y pocas son las chances de que me cruce con ella circunstancialmente. Me hace acordar de un tiempo difícil, pero a la vez es la mejor constancia de que te dije todo en vida. Un día la leerá  mi hijo, y espero no ser tan pelotudo como para pedirle que diga algo al respecto.

Una Cebolla

Marzo 17, 2008

El escenario de casi siempre. Calle de tierra, perros flacos chumbando a los inusuales autos, chicos correteando y rostros envejecidos e inhospitalarios asomándose desde los girones de tela que cubren las ventanas de los ranchos.

Sábado. Primeras mañanas frescas del año. Me paro donde veo la concentración de patrulleros, y algunos autos “no identificables” conocidos (así como los conozco yo, calculo que todos).

Veo una barranquita, interrumpida por un rancho. Techo de chapas, ladrillos y revoque. ¡Pulcritud y limpieza!.

Bajo por el senderito, esquivando las mismas caras de policías simulando pesar. Antes de entrar a la casita escucho llantos y lamentos (y van …). Todo normal … salvo Rafael, que sale de ahí llorando.

Cuando el jefe de Homicidios llora … preparate para ver algo bravo. Tomo aire (siempre es mejor satisfacer la demanda afuera), y entro. Huelo desinfectante, noto el piso de cemento y advierto que -salvo por una mancha de vómito- está impecable. Veo a un tipo sentado en el medio de la cocina comedor, tapándose el rostro con sus dos manos … llora y gime lamentos que no distingo.

“-Es el papá de los chicos”, me dice un policía a quien no conozco. Su tono de voz es severo, y su mirada al tipo es fulminante.

Hay tres piezas. En una, la cama matrimonial. Tapada con mantas, una nena de doce. La ves y duerme, la ves mejor y notás el corte que le abrió en dos la garganta. Degollada (mientras dormía). Huyo de la pieza, sólo para entrar en otra. Las dos cuchetas ocupadas. Los dos varones, siete y cinco. Los dos dormidos. Lo que encontré en la tercer pieza fue parecido. Un bebé de dos años abrazado a un osito, arropado y muerto.

Vuelvo a la cocina comedor y me cruzo con Gustavo. Hace años que somos compañeros, pero es la primera vez que lo veo así.

“-Fijate la heladera y en la cocina”, me dice. Veo una heladera vieja, con manijón. La abro y noto dos cosas. Un hervidor de aluminio con un cuarto de leche, y una cebolla. Nada más.

Mis ojos dicen basta, y los oídos salen a auxiliarlo. Escucho al tipo que gimotea “-¿Por qué no me dejan matarme?”. El olor, el vómito … el hijo de puta había tomado desinfectante.

Me pongo frente a él, pero no logro mirarlo a los ojos. Le pido vacilante que alce la cabeza, y el tipo no lo hace … ¿qué mierda le importa, después de todo?. Como concediéndome la gracia, me habla.

“-Mi mujer se fue hace unos días. Me dejó con los chicos. Antes de irse, regó por todo el barrio que yo la cagaba a palos. Yo vivo de changas, ¿vió?”, dijo mientras levantaba la vista. “La plata se acabó y salí a trabajar, ¡pero qué!. Éste es un pueblo chico, y todos nos conocemos. Nadie quería meterse conmigo. ¡Yo se lo que es el hambre, Don!. La pasé de chico y juré que mis hijos nunca la sufrirían”. Su tono se hizo más sombrío, menos suplicante. “Anoche volví tarde, sin un peso. A los chicos les costó dormirse porque solamente habían apurado un mate cocido con algo de leche y unas galletas”. Sentí que los ojos se me nublaban. “Las horas pasaron y yo solamente podía pensar en una cosa … iba a llegar la mañana y no había leche para todos, ¿y qué iban a comer?. ¿Una cebolla?. Los iba a castigar el hambre. No podría verlos así … a ellos no”. Bajó la mirada, se cubrió el rostro con sus dos manos y empezó a gritar llorando.

“-¿Por qué no me dejan matarme?”.

Mientras tanto, yo me preguntaba

¿Por qué no nos matamos todos?

Estrellita mía

Marzo 14, 2008

Lucero siempre fue linda … desde nena.

Y alegre. Se reía todo el tiempo, dice su mamá. Todos la querían.

Creció como cuelquier chica de estos barrios grises, sin el toque de las zonas ricas, que hasta huelen distinto, ni la adrenalina de los arrabales.

Tuvo una adolescencia normal, besos de lengua y roces sobre la ropa. Pijas duras, bombachas húmedas y pajas en casa.

Creció y conoció a Mario, un hombre bueno … trabajador. A fuerza de madrugones y horas extras, Mario pudo alquilar una casita, un auto que supo de épocas mejores, y las cosas para formalizar. Porque no iba a pasar nada si no era así. Una cosa es una apoyada, una paja, una chupada de verga, pero nada de coger. Serio el muchacho … y evangelista.

Una tarde de noviembre los casó una jueza, y los consagró un pastor.

Ella se integró muy bien a la comunidad del templo … si. Participaba mucho, todos la querían y siempre se las ingeniaba para que los proyectos pasaran por ella. Desde que ella colaboraba con la comunidad , si parecía que iba más gente a las ceremonias. Algunos maridos que miraban desde lejos, hasta se animaron a entrar. Si, Lucero era una bendición.

Cuando había que organizar una bicicleteada, o una visita solidaria, las reuniones se hacían en la casita de Lucero -porque aunque del matrimonio, era más grafico referenciarla así-

Pobre Mario, apenas tenía tiempo para seguirle los pasos a la vocación de su esposa. Llegaba a la piecita cuando las reuniones habían comenzado hacía rato, varias pavas antes, varias chipacas atrás.

Ver a su esposa tan integrada a la comunidad era un regocijo. Verla sonreirle piadosa a Luis, el marido de Emilia, un tipo duro que encontró al Señor, era una gloria. Tipo atento Luis, apenas se termina la canasta de pancitos, se chocan sus manos con la de Lucerito para levantala … se ríen tentados. Tampoco la deja que ella haga esfuerzos, si Lucerito se levanta, el también, para ver si hay que mover la garrafa para calentar más agua, o ir al baño a ver si pierde el depósito … es chiquita la casa, piensa Mario mientras los mira, o Luis es muy robusto, apenas pasan los dos por el pasillito.

Siempre fue linda, Lucero. Pero cuando mentía se ponía fea … fea … fea.

Hasta ahora está hermosa … ni se le notan las marcas en el cuello.

Fue el Pintor

Marzo 13, 2008

Tal vez fue el tedio, o tal vez fue saber que parte de mi estaba muriendo en esta ciudad de mierda.

El 2004 me encontró con nuevas responsabilidades, de familia y de laburo. Era lo que me había planteado ser hacía años … el problema era que ahora no me importaba.

Update al 02/07/08. El párrafo que aquí se ubicaba ha sido suprimido por el CONFER. Decía algo sobre las manos de Perón

“La reconcha de la remil puta madre que los parió”, es el primer pensamiento que me invade al despertar. Después hago fuerzas para “no ser desagradecido”, si al fin y al cabo, varios querrían vivir mi vida, mirar lo que miro, aspirar a lo que aspiro (Update al 02/07/08. El párrafo ha sido modificado por orden del Consejo Episcopal Argentino).

Update al 02/07/08. El párrafo que aquí obraba fue suprimido por el I.N.T.I., en el marco de la campaña “Argentina Libre de Aftosa”.

En síntesis … fue el pintor, pero eso a nadie le importa. Todos están esperando otra cosa de mi.